Cuando las aguas salieron de su cauce no es que me encontrase en el lugar idóneo. En el coche no había bolsa, sino lo típico después de pasarse por la aldea: huevos de las gallinas de la abuela y restos del asado para comer al día siguiente. Más me hubiese valido llevar el asado, porque a una recién parida ponerle un potaje de garbanzos no me parece broma de buen gusto. Seguir leyendo «Un año de silencio»
Corría San Lorenzo y había casi 30 grados por la noche. Como las sillas de la terraza se inclinan a modo de tumbona, tomamos dos y nos sentamos cerca del tendal de la ropa. Luego, tras esforzarnos en evitar la luz de la farola, conseguimos ver el firmamento y la primera noche de lluvia de estrellas.

La del lunes ya no se pareció en nada. Por la tarde olía a quemado y, en lugar de playa, decidimos calzarnos los tenis de correr y emprendimos camino arriba.
Se estaba quemando el monte y estalló el caos ordenado, si acaso el caos lo puede ser. Los almacenes de pacas fueron cerrados a cal y canto; las mangueras extendidas; las desbrozadoras apagadas en invierno, prendieron su motor.

Cuando el policía nos mandó evacuar, de casa, subí a la habitación. Lo primero que metí en el coche fue el ordenador. ¿Cuántas veces habremos fabulado con qué sería lo primero que cogerías en caso de incendio?, yo siempre pensé en las fotos y así lo hice. Luego sonreiría, al volver a colocarla en su sitio, tras haber rescatado el marco con la única foto de mi madre –con dos años– que normalmente descansa en la coqueta de la habitación.

No puedo negar que abrí la maleta y metí todo lo que cupo de buenas a primeras. Ninguna fugitiva lo habría hecho mejor. No sabía lo que iba a pasar y actuaba de forma autómata metiendo maletas y bolsas en los coches. Y antes de salir, los plátanos del frutero.

Para cuando el Ejército se instaló junto al hórreo de mi abuela, yo ya tenía el estómago revuelto.
Nada de estrellas en las sucesivas noches, sólo árboles luciérnagos que nos daban el calor indeseado del infierno. Viñas quemadas, animales escapados y personas con las manos en la cabeza.

La ropa apestaba. Yo caí enferma.
PD: En Vilanova, Cotobade, perdimos la línea de teléfono durante más de una semana. El paisaje sigue siendo negro.
Este espacio suele ser un lugar alegre, pero la vida tiene momentos color carbón, como éste.
También se trata de un blog en el que la ropa cobra vida, en este caso, esa camiseta de flores (regalo de una buena amiga) adquirió un olor que, por mucho detergente y suavizante que lo envuelva, nunca dejará de estar impregnada de humo en la memoria.
–Atiende a la señora primero, que yo no tengo prisa.
Si le hubiese arrojado un cubo de agua helada, como en aquel famoso reto, no me hubiese fulminado igual con la mirada, al menos, no con tanta intensidad. Pero aquel comentario, que para mí era una simple muestra de educación, provocó que le saliesen, a la señora, tres canas más en su cabellera.

El rayo clavado en mi retina, de forma intermitente, desapareció súbitamente. No hay mejor parasol para conducir que las nubes que se instalan a cada poco en la zona de influencia de Santiago de Compostela, la capital de Galicia, stricto sensu en lo que a clima se refiere.

Esto ocurrió este domingo, pero el jueves pasado caía el sol a plomo. En la compostelana Avenida de Lugo, donde ocurren más cosas de las que nadie imagina, había desaparecido el andamio que meses atrás me había salvado la vida. De nuevo tocaba montar guardia periodística.

Quizás con razón había desaparecido la estructura metálica, puesto que todos los hierros del mundo están en fase de construcción de una especie de museo pompidou en la calle Galeras (donde está mi oficina). No en uno, sino en todos los portales de los edificios en forma de cubo.

Sin más andamios en el mundo debido a este acontecimiento artístico del que acabo de hablar, me encontré en una avenida con todo el sol de julio sobre mis hombros: ¡Menuda responsabilidad!-me dije, ¿y qué hice?, pues sacar el foulard.

Sí, el foulard (fular para los puristas de la RAE, a los que pido entender mi deje francófono) es como el botellín de agua en el bolso, las alpargatas de repuesto en una boda, bañarse en el mar en verano o un banco para sentarse: un imprescindible.

Me remonto al año 2011. Catarro de verano. Cojo un avión porque me voy 15 días a Malta (eran mis vacaciones e iba a hacer un curso). El catarro se complica (igual no era catarro) y la primera semana me la paso en la farmacia probando diferentes intensidades de medicamentos hasta que, lo que bauticé en su día como la verdadera receta electrónica (un whatsapp a un amigo médico que obtuvo respuesta), me abrió la puerta de los antibióticos que necesitaba para curar aquella infección .

¿Y qué me salvó además de los medicamentos? : el foulard. Por la calle iba vestida de verano, pero nada más pisar la entrada de cualquier tipo de local, me enroscaba mi pañuelo.

MALTA, VERANO DE 2011
Y así es la historia de como se inventó la receta electrónica. Pero antes de mi farmacéutico y depurado: is my spanish doctor, e incluso antes de la revolución de la penicilina, ya estaba allí una madre recordando que hay que taparse la garganta, protegerse del sol y no salir de casa sin una chaquetita para cuando refresca.


Con el pollo entre los carrillos se me ocurrió que debía aprovechar las horas libres del mediodía. No siempre dispongo de tanto tiempo y decidí dar el paso. La decisión tiene su base en que la melanina de mi cuerpo aún no había sido avisada de que el verano estaba sobre nuestros hombros, con la excepción del antebrazo izquierdo en la zona del músculo braquiorradial, quemado, literalmente, tras dos horas bajo el sol del mitin del domingo. Seguir leyendo «Ciega como una tapia»
Os voy a contar la historia que pasó. Pasó que, al filo de la medianoche, entré por la puerta de casa. Siete minutos para mi cumpleaños. ¡Rápido! Me dije, tenía que despojarme de la ropa de guerra con la que por la mañana había acudido a la socialdemocracia y por la tarde al centroderecha. Seguir leyendo «La historia que pasó»
Os voy a contar la historia que nunca pasó. Nunca pasó que al alba de este 17 de junio amaneciese con el rayo incidente clavado en mi mejilla izquierda.
Nunca pasó que al despertarme (puede que desvelada por el estruendoso beep del despertador, o puede que nunca pasase que sonó el despertador) recibiese un beso en la misma mejilla, mientras la otra reposaba en la almohada. Seguir leyendo «La historia que nunca pasó»
Sí, soy mujer y estoy usando un ordenador. Y desde aquí le pido disculpas al señor camarero que usó, para tratar de humillarme por no haber acabado la comida, la expresión ‘mujeres y ordenadores’ ante otros compañeros de trabajo que compartíamos mesa, mantel, grabadoras, libretas y ordenadores en un restaurante de un hotel cinco estrellas de Santiago.
A veces es mejor mantel vichy, platos de cartón y disfrutar de un picnic machistasfree, pero es que estábamos de servicio. Seguir leyendo «Mujeres, ordenadores y represalias»
Las medias dejaron de ser tal cuando ascendieron a la categoría de taparnos el culo. Yo creo que eso debió ser cuando el corsé dejó de llevarse por obligación, en los tiempos de la conquista del sufragio universal. Seguir leyendo «Quitarse las medias (¿pero este año no se llevaban las patas de gallo?)»

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